lunes, 23 de agosto de 2010

A mi siempre me gustó escribir, pero



Me parecía intrigante escribir lo que nunca escribo –pero que sí escribí alguna vez- dejar de lado los escritos sarcásticos, irónicos, pesados y críticos empezando por lo dulce y metafórico, eso que hace sonar todo de otro mundo, esa narración detallada que describe con exactitud hasta el olor más difícil de adivinar. Estoy aquí de nuevo, viviendo el día a día; ese que por cualquier situación me hace automáticamente armar versos, frases, oraciones en la cabeza haciéndome acordar de cuando tenía doce o trece años. Todo se encadena solo, descascarándome de a poco mi vulnerabilidad por las cosas que odio, armando frases de las partes buenas que tiene cada punto que detesto, queriendo vivir mi rutina con un pedazo de papel y un lápiz… desde que tengo uso de razón mi mente vive todos los días armando y desarmando palabras y muchas se me han ido por no tener algo a mano para anotarlas. Me sentía frustrada y a veces odiaba que mi conciencia fuera tan automática. Me dejaba de lado, se le olvidaba que era lo que yo quería y lo que no; yo, ya no era la que mandaba, definitivamente.
En un momento me ponía a escribir de la forma más sutil, soñadora y consecuente de lo que podía imaginar, como si escribiera libros para un lector maduro, serio y a la vez surrealista. Mi mente se aburrió, lo encontró demasiado típico, quiso cambiar y me puse a garabatear otro tipo de literatura en lo que sea; una mesa, una boleta, cualquier cosa que lo hiciera parecer sarcástico y crítico de lo realista… o de lo que la gente cree que puede ser realista.

Hoy empiezo por mezclar los dos tipos; la literatura sigue siendo la misma, siempre será la literatura perfecta que quiero. Aun así no dejo de pensar que la retórica hace de mi vida una cosa estúpida e irónica que se contradicen entre sí, haciéndome poner a mi como la tonta en todos los sentidos, la falsa y la mentirosa. La verdad es que soy súper sarcástica, soy súper irónica y en realidad me encanta serlo. Naturalmente.

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